
Mariana Russi y Martín Hartkopf nos prestaron el diario de viaje en el que volcaron sus impresiones durante su estadía en esta fascinante ciudad catalana. Allí quedaron admirados por su espíritu multicultural y por cómo se respira historia, arte y arquitectura en todas sus calles y barrios.
Así se vería Buenos Aires, de tener acaso una historia no tan contemporánea. De haber sido parte de un primer mundo. Y no de un segundo, ni un tercero. Esto es Barcelona, una ciudad autóctona en su mayoría, pero influenciada por cientos de diversas culturas. Una amalgama de condiciones humanas, que se encuentran dispersas en perfecta armonía. Un lugar donde las nacionalidades se funden en una sola aceptación... el catalán.
Las huellas de un arquitecto visionario y excéntrico son explícitas en cualquier baldosa que uno pise, o cualquier ladrillo que uno toque. Antoni Gaudi. ¿Qué se puede decir sobre este hombre que no se haya dicho ya? Una mente brillante. Una manera de ver la realidad que algunos llamarían distorsionada. Personalmente la clasificaría como particular, positiva, liberal y apasionada. Pero estoy siendo demasiado permisivo. No puedo darme el lujo de “clasificar” la obra de una persona a la que no es posible encuadrar. Un hombre que luchó toda su vida por no pertenecer a ningún género humano ni arquitectónico.
La Sagrada Familia. Una obra de arte en primer lugar. La ambición arquitectónica en su mayor esplendor, en segundo. Miles de personas viajan a su vez miles de kilómetros, para ser testigos de la transformación lenta y gradual de una catedral sin igual. El Nacimiento y la Pasión. Esto es todo lo que podemos ver en la actualidad de una obra que aun no fue terminada, ni se espera que se termine antes del año 2040. Estas dos fachadas están conformadas por 8 torres. En su totalidad, 18 torres decorarán los cielos en las mañanas luminosas de Barcelona. Pintarán las nubes con pinceladas de un maestre ilustre. 12 apóstoles. 4 evangelistas. Una Virgen María. Y un Jesucristo. Todos ellos inmortalizados en la obra más contemporánea que puede apreciarse en este mundo cristiano en decadencia.
Una extensa rambla es la que nos señala el punto de encuentro entre los locales y visitantes. Turistas y lugareños. Sin duda podemos encontrar en estas calles una antítesis de personas. Una mezcolanza de culturas. Una diversidad de ocupaciones. Extranjeros y españoles. Compradores y paseantes. Hombres y mujeres. Estudiantes y vagabundos. Bohemios y prostitutas. Comenzando nuestra travesía desde la Plaza Catalunya, paseamos y serpenteamos entre quioscos, floristerías y tiendas de animales. Dividida en 5 partes, partimos desde la rambla de Canaletes. Localizada en este punto desde tiempos ancestrales, encontraremos la fuente con este mismo nombre. Como en cualquier punto de Europa, cada ciudad tiene sus tradiciones y leyendas. Tomaré agua de esta fuente, y de esta manera tendré asegurado el retorno a esta dichosa cuidad.
Cosmopolita y agresiva. Pacifica y particular a su vez. Sigo caminando por este sendero citadino y me encuentro con los colores azul grana de camisetas de fútbol que tantas veces he visto en la televisión. Seguidores del Fútbol Club Barcelona. Formando tertulias futbolísticas que me recuerdan a un Buenos Aires que se extraña.
En la esquina que forma la Rambla con la calle Tallers parece que desemboco debido a artes milenarias, en un pequeño y antiguo establecimiento. Un precursor en su momento, un negocio innovador del cual podemos encontrar rastros en cualquier parte del mundo hoy en día. Pero ellos se lo atribuyeron en el año 1933: la coctelería Boadas. El primer bar en confeccionar y vender combinados de bebidas alcohólicas en Barcelona. Su primer dueño fue el encargado de importar de las remotas tierras cubanas, los secretos caribeños que tanto renombre le dan a sus alcoholes. ¿Quién no ha escuchado hablar, o quizás probado un “Cuba Libre”? En la misma calle podemos también encontrarnos con una mixtura de sonidos culturales, desde un Alejandro Sanz local, hasta el más desenfrenado Axl Rose, liderando a su banda previamente conocida como Guns N’ Roses. Una variedad de locales de música adornan e indican el fin de la Rambla de Canaletes, y dan lugar al comienzo de la llamada Rambla de los Estudios.
Durante el trascurso del siglo XVI, este trecho de la Rambla, en ese entonces rodeada por murallas, dio hogar al edificio del Estudio General, mejor conocido como Universidad. De aquí deriva su actual nombre. De hecho, la alineación actual del tramo de calle conocido como rambla de los Estudios, no fue finalizada hasta que en los años 1848 y 1856 se derribaron totalmente las antiguas fortificaciones que, a comienzos del siglo XIX, aún se conservaban en su lado izquierdo.
Al seguir bajando por la Rambla, llegando a la calle Portaferrissa, podemos hallar el tradicional mercado de pájaros. Un océano de sonidos agudos llega a nuestros oídos, imitando a un adolescente canto de sirenas. Un sinfín de aves revolotea dentro de sus jaulas, evocando un millar de sinfonías en barítono, rogando por una libertad que les permita unirse a los gorriones que tan indiferentes a su suerte, han creado un pequeño barrio privado de nidos en los árboles más cercanos al mercado.
Seguimos bajando por el lado derecho de la rambla y encontramos la iglesia de Betlem (Belén), antigua edificación Jesuita arrasada por un incendio en 1671. Pero antes de poder siquiera divisarla, sobre el lado izquierdo de la Rambla, la calle Canuda nos lleva hasta la plaza de la Vila de Madrid. Aquí podremos disfrutar, ¿gracias? a una bomba arrojada durante la Guerra Civil (1936), una imponente necrópolis romana. Esta contraposición de épocas es muy común en una Europa dedicada al descubrimiento y mantenimiento de las tantas huellas humanas que las civilizaciones han ido enterrando y desenterrando a lo largo de los siglos.
E inmediatamente, el aroma de un ejército de pétalos ingresa en nuestro sistema con una facilidad, que el más condecorado de los generales envidiaría. Nos acercamos al tramo de la rambla conocido como “Rambla de les Flors” (Rambla de las Flores).
El mercado de flores esta actualmente acompañado por grandes quioscos de libros, revistas y periódicos nacionales y extranjeros, como los que encontramos por toda la Rambla, los cuales permanecen abiertos las 24 horas. Dato que nos indica la vitalidad de esta ciudad, ya que su noche es tan importante y multitudinaria como su día.
Una legión de artistas callejeros inunda la peatonal, desde un pintoresco hombre de hojalata, salido de un fantasioso Mago de Oz hasta las muy conocidas estatuas vivientes que tan espectacularmente adornan nuestra querida calle Florida. Seguimos caminando y nos encontramos de frente al Palacio de la Virreina, conocido bajo este nombre dado que su primera habitante fue la viuda del Virrey de España en Perú en el año 1777. Y nuevamente, demostrando la hermandad entre historia y arte, podemos ver pegado al palacio, una tienda tan estrecha como antigua: la Casa Beethoven, en la que encontraremos partituras musicales, antiguas y modernas.
Pasado el Palacio de la Virreina nos cruzamos con el Mercado de San José. Su arquitectura es armoniosa, pero desafortunadamente queda escondida bajo su construcción de hierro. A pesar de todo, ha logrado conservar su tradición de mercado principal a lo largo de muchas décadas.
El tramo que le sigue a la Rambla de las Flores, es el paseo primogénito, al tener en cuenta que resguardaba a la burguesía catalana, cada noche de Ópera en el Liceo. Rebosante de comercios de antigüedades y cafés, entre ellos el Café de la Ópera. Siguiendo hacia delante, encontramos la entrada a la Plaza Real, hogar del antiguo convento de monjes capuchinos. A raíz de este espacio, se denomina a este paseo la Rambla dels Caputxins. En dicha plaza, podemos encontrar obras de un joven Gaudí. Dos faroles con brazos como ramas, imitando la naturaleza tan característica de este arquitecto/artista. Volvemos hacia la Rambla y bajamos un poco más. Llegamos a la plaza del Teatro. Aquí comienza el último tramo: la Rambla de Santa Mónica.
En estos metros de peatonal, se cruzan ante nuestros ojos, la Universitat Pompeu Fabra, la Iglesia de Santa Mónica, conocida principalmente por un notable claustro barroco en extremo austero, y el antiguo convento de los Agustinos Descalzos, ahora convertido en el Centro de Arte de nombre homónimo. Pero al levantar la mirada, un dedo acusador y una silueta imponente magnificada por la luz del sol, nos detienen en seco.
El monumento a Colón. Una columna de hierro de 60 metros de altura, señala el punto donde este aventurero finalmente desembarcó, a su regreso de América. Sobre la columna, reposa un Cristóbal Colón impertérrito, a su vez señalando con el dedo índice de su mano derecha, el origen de sus ilíadas e importancia histórica. Dicen que el dedo señala exactamente el punto donde hace 513 años bajó de su carabela, pensando que había arribado a tierra india, cuando sin saberlo descubría un nuevo continente. Es por esto, que Barcelona es una Buenos Aires con mucha vida por delante, pero por sobre todo, con mucha vida por detrás. Una historia que la hace única. Unos paisajes citadinos, con aires de humanidad y civilización eterna. Una ciudad que no es ciudad, sino un país en todo su esplendor. Un imperio de arte, leyendas y arquitectura. Barcelona.
Fuente: TIJE

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