
La posibilidad de visitar a los grandes museos por medio de la Web nos genera un interrogante: ¿se puede realmente conocer a las obras de arte de esta manera o hay algo que se pierde en el camino?
Por Maia Hirsch
Gracias a los avances tecnológicos, hoy el mundo parece más pequeño: ya no es necesario hacer viajes transcontinentales para saber cómo se ve Paris desde la Torre Eiffel, o cómo la ciudad de Nueva York, sin sus Torres Gemelas. Basta con entrar a una página de Internet para hacer un circuito turístico de la ciudad más remota y conocerla “on line”.
Las ventajas informáticas nos permiten comunicarnos con cualquier lugar del mundo y aceleran el flujo de información.
También hoy tenemos la posibilidad de acceder a numerosos tesoros culturales
que resguarda nuestra civilización, entre ellos los de los museos. Claro que no somos ingenuos. No es lo mismo que la experiencia real.
Quienes no puedan viajar a la Ciudad del Vaticano, por ejemplo, pueden hacer clic en www. vatican. va y acceder a las maravillas pictóricas del “Palacio del Vaticano”. Ahí no sólo se pueden visualizar cuadros, también se hacen recorridos por el museo observando sus murales, y hasta se tiene la posibilidad
de ver la Capilla Sixtina desde diferentes ángulos con vistas de 180 grados. La ventaja que tiene Internet sobre un libro de arte es que permite el movimiento y la interacción.
El Museo del Prado y el Museo del Louvre también ofrecen esas posibilidades (www. museoprado. mcu. es y www. louvre. fr ). En el primero se pueden realizar desde visitas guiadas personales hasta aprender a observar una obra
por mes críticamente. En el caso del Luovre, antiguo palacio de los
reyes de Francia, se pueden visitar las diferentes salas donde se exponen las numerosas obras de arte que alberga el museo: desde colecciones de la Edad
Antigua hasta realizaciones que datan de mediados del Siglo XIX.
Pero no hace falta ir tan lejos y cruzar el océano para presenciar este advenimiento tecnológico: en Argentina también hay museos que permiten la visita interactiva y virtual. Por ejemplo, el Museo Nacional de Arte Decorativo
(www. mnad. org ), el Museo Nacional de Bellas Artes (www. mnba. org. ar ) o la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes (www. aamnba. com. ar ), entre otros.
Pero volviendo al dilema del principio: ¿estamos acaso frente a la misma sensación cuando vemos a una obra de arte frente a frente que cuando observamos en una pantalla su fotografía o su representación? ¿Puede uno disfrutar tanto del píxel sobre el píxel como del óleo sobre el lienzo?
Walter Benjamin en su texto La obra de arte en la época de la reproductividad técnica encaraba este tema. Su teoría, desarrollada durante el auge del fordismo, alegaba que las obras de arte reproducidas en serie llevaban implícita la pérdida de su “aura”. El aura es para Benjamin una característica propia de la obra original, “una manifestación irrepetible de una lejanía”. Lo que el autor sostiene en su texto es que el carácter aurático de las obras de arte clásicas se ha ido perdiendo a partir de la reproductividad técnica, es decir, desde el momento en que dichas obras se convirtieron en productos de consumo masivos y comenzaron a reproducirse en serie. Por otro lado, la reproductividad técnica logra acercar esas obras de arte a los espectadores o consumidores suprimiendo las distancias. Agrega Benjamín, además, que “la
obra de arte reproducida se convierte, en medida siempre creciente, en reproducción de una obra artística dispuesta para ser reproducida. De la placa fotográfica, por ejemplo, son posibles muchas copias; preguntarse por la copia auténtica no tendría sentido alguno”.
Ahora bien, el texto de Benjamin fue escrito en 1935, cuando la palabra Internet todavía no había sido acuñada. Hoy acudimos a la Web cuando necesitamos averiguar cualquier tipo de datos: desde una biografía hasta investigaciones completas de lo que el usuario necesite. Los diccionarios van
desapareciendo y las enciclopedias tienen en muchos hogares un uso puramente decorativo. En este contexto no es descabellada la idea de posicionar a los museos en el ciberespacio para que cualquier persona pueda acceder a ellos.
¿Pero no será ésta una forma de minimizar su significancia artística? ¿No estaremos dejándonos embaucar una vez más por los verdaderos dueños de los medios de producción que dejan develar tan solo una copia intangible de
las obras de arte?
Ahora más que nunca debemos estar atentos: Internet puede acercarnos elementos culturales a nuestro monitor, pero también puede engañarnos haciéndonos creer que aquello que tenemos frente a nosotros en la pantalla es la obra artística misma y hacernos olvidar que se trata de una copia digitalizada cuyo original poseen los mismos dueños de la tierra de siempre.
Artículo extraídos de Cadaver Exquisito Octubre/Noviembre 2003

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