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10/05/2004
Prevención
Cuando los niños son víctimas de la violencia física

Un grupo de trabajadores sociales y psicólogos de la UNC investigaron la problemática para obtener nuevos indicadores y así detectar casos de maltrato. El desconocimiento, los accidentes, la violencia conyugal son las "excusas" de los progenitores



El maltrato infantil es un fenómeno que no reconoce fronteras ni distingue clases sociales: está presente tanto en los países del primer mundo como en los menos desarrollados, y afecta a ricos y pobres en grado similar.

Argentina no escapa a esta realidad: según la Organización Mundial de la Salud, los accidentes y la violencia familiar constituyen la primera causa de muerte en niños de 1 a 4 años. En la mayoría de los casos, sin embargo, el maltrato es negado o encubierto bajo la forma de “accidente doméstico” o “enfermedad congénita” por quienes tienen a su cargo la crianza del menor. Así lo indica una investigación llevada a cabo por un equipo de trabajadores sociales y psicólogos de la Universidad Nacional de Córdoba, que se desempeña además en el Hospital de Niños de Córdoba.

Con el objetivo de comprobar si los argumentos que ofrecen los padres a la hora de explicar el daño físico concuerdan con el tipo de lesión que presenta el niño, los investigadores analizaron 122 relatos que resultaron “contradictorios” e “inverosímiles” en la mayoría de los casos.

“El resultado fue la construcción de cuatro categorías que permiten realizar un abordaje científico y a la vez diferente de la problemática, distinto a la mirada tradicional del médico,” subraya Patricia Acevedo, directora del estudio y secretaria académica de la Escuela de Trabaja Social de la UNC.

Una de las constantes, entre los justificativos, es el desconocimiento del hecho: “Muchos padres aducen que ellos no ese encontraban en el lugar en el momento en que se produjo la lesión, sin embargo daban una descripción tan detallada de lo sucedido, que revelaba que sí lo presenciaron”, explican Claudia Bilavcik y Alicia Zamarbide, integrantes de la investigación y profesionales del área de servicio social del nosocomio provincial. Otros, en cambio, sostenían que se trataba de un accidente doméstico, o bien, de un problema de salud previo a la hospitalización del menor, que el niño arrastraba desde su nacimiento. En tanto, un cuarto grupo aducía que la lesión era producto de la violencia conyugal: “Los padres explicaban que, mientras ellos estaban peleando, indirectamente el niño salía dañado, es decir, no era una cuestión directa hacia el menor, sino que la violencia era cruzada a nivel de la pareja, y en vez de lesionar a la madre, se agredía al chico”, comenta Zamarbide.

Características de los relatos
Las especialistas aseguran que el maltrato no es distintivo de una clase social, y que el nivel de escolarización de los padres tampoco es determinante. “No encontramos diferencia entre el argumento que podía plantear un analfabeto y el que ofrecía un padre con el secundario completo”, afirma Bilavcik, y agrega que las personas con mayor instrucción podían “describir más detalladamente la situación y utilizar un lenguaje más rico para dar cuenta de una situación, pero la lógica de los fundamentos era la misma”.

Por otra parte, advierten sobre la importancia de conocer las características del contexto social próximo donde se encuentra inserto el paciente al momento de interpretar el relato de los progenitores. En este sentido, Zamarbide señala: “Las explicaciones de la gente que vive en zonas rurales eran tan contundentes y con una lógica tan clara, que la persona que no vive en esas comunidades puede perfectamente aceptar el argumento sin darse cuenta del engaño”.

Un dato que subrayan las trabajadoras sociales es que los casos más graves de maltrato físico son los que presentan relatos menos consistentes: “Hay explicaciones insólitas, como que el chico se tropezó con un trapo y se resbaló, y por eso tiene un traumatismo de cráneo”, grafica Bilavcik. Asimismo, destacan que un aspecto recurrente entre las justificaciones es la “naturalización de la violencia”; es decir, los responsables no se cuestionan acerca de la incorporación de la agresión a sus vidas, sino que la consideran un hecho cotidiano.

La edad de mayor riesgo
Según Elsa Lerda, psicóloga de la cátedra de Clínica Pediátrica de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNC e integrante del Comité de Maltrato del Hospital de Niños, en los últimos años se registró un incremento del número de casos en el nosocomio, sobre el cual observó: “La pobreza no representa un factor definitorio”. Otro tanto manifestaron Zamarbide y Bilavick, quienes indicaron además que mensualmente asisten alrededor de 20 pacientes con este tipo de problemas. Para Zamarbide, el aumento en la cantidad de casos responde a que se han develado situaciones que antes quedaban ceñidas a la familia, de manera que se ha hecho público lo que pertenecía al ámbito privado.

Desde la intervención del área de trabajo social del hospital, los casos más frecuentes son los producidos por negligencia u omisión –intencionalmente, no se le brindan al niño los cuidados necesarios para garantizar las condiciones de vida y salud- seguidos por la violencia física y el abuso sexual.

Puntualmente, sobre el maltrato físico, Zamarbide especifica: “El mayor porcentaje se registra entre el mes de vida y los tres años. Ese es el período de mayor riesgo, porque el lactante depende absolutamente del cuidado de los padres para sobrevivir, y un golpe fuerte puede terminar con su vida”. La profesional agrega que, a partir de los 12 años, se registra nuevamente una etapa crítica: “A esa edad hay muchos chicos con intentos de suicidio, producto de la agresión sostenida durante muchos años”.

Consecuencias
El maltrato físico de menores puede provocar diferentes tipos de lesiones, como óseas -implican desde la fractura de un fémur o costilla hasta un traumatismo de cráneo capaz de provocar un daño neurológico irreversible-, internas -estallidos de vasos, riñones e hígado- y de piel -hematomas, mordidas y quemaduras-. El caso extremo, es la muerte del menor. “Entre los casos de violencia física que atendemos en el hospital, prevalecen los más graves, como quebraduras y traumatismos”, apunta Bilavcik.

La violencia infantil no sólo produce daños físicos, sino que deja secuelas a nivel psíquico. Lerda, lo explica así: “El maltrato físico siempre tiene consecuencias psicológicas, porque el que pega lo hace acompañado por insultos y amenazas”. Según la psicóloga, en los niños de cero a tres años trae aparejado “la pérdida de confianza en los seres humanos para toda la vida”, y explica que a esta edad los daños son más graves porque es la etapa en la que se estructura la personalidad del individuo. “En los adolescentes es diferente porque pueden encontrar a otro adulto que los proteja”, compara. Para la especialista, el resultado es amenazador: “Puede derivar en psicopatías y psicosis, que son las enfermedades más graves y las que presentan menos posibilidades de recuperación”, expresa.

Por su parte, Stella Depasquale, psicóloga concurrente de la cátedra de Clínica Pediátrica y miembro del equipo que realizó la investigación, agrega que el maltrato produce un “desafecto generalizado” entre los niños y que en muchos casos adoptan “la violencia como la única forma de relacionarse con los demás”.

Intervención institucional
Un aspecto en el que coincidieron los especialistas consultados es la falta de respuesta a nivel institucional. Sobre este tema Bilavcik apunta: “La mayoría de las instituciones en Córdoba realizan el diagnóstico del maltrato pero casi nadie trabaja en el tratamiento del menor. Por lo tanto, sólo se llega a detener una situación, pero no hay contención de las entidades para un seguimiento del niño a los fines de aportar una solución de fondo”. Al respecto, Zamarbide señala: “Nosotros informamos al Juzgado de Menores; en los casos graves éste procede al retiro del menor de su grupo familiar y, si no existe familia extensa que lo contenga, el niño pasa a una institución en la que vuelve a ser víctima nuevamente porque ésta no garantiza su adecuado desarrollo”.

El producto es la repetición de la cadena de maltrato: “Son chicos que vuelven a reiterar la misma historia en las distintas etapas, primero como lactantes, luego como niños y después como adolescentes, cada vez con menos posibilidades de revertir la situación de violencia”, asegura Zamarbide y añade: “Al no haber una intervención efectiva, son niños que llegan a los 15 años, han sido revictimizados sucesivamente y no tienen un lugar en la sociedad”.

El panorama es aún más alarmante si se tiene en cuenta que la historia de violencia muchas veces se transmite entre generaciones. “Los padres que maltratan generalmente han sido, a la vez, víctimas de la violencia durante su infancia”, subraya Lerda y continúa: “Muchos adultos han pasado por el Juzgado cuando eran niños, y éste los ha devuelto a la familia de origen, con lo que siguió la violencia”.

En tanto, Depasquale menciona que la experiencia demuestra que la recuperación del progenitor agresor es “escasa o nula”: “Se han creado grupos de padres maltratadores con el propósito de que dejen de ejercer la violencia, pero han fracasado siempre”, afirma.

Fuente: HOY La universidad - UNC



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