
¿Sólo aceptás ir a un campamento si podés llevarte la planchita? ¿Preferís levantarte media hora antes con tal de alisarte el pelo? ¿Sentís que se termina el mundo si una mañana la planchita no funciona? Si es así, lee esta nota
Cuando eras chiquita los rulos resultaban tan simpáticos. Hasta que un día te confundieron con el hermano de Maradona. Más tarde, decidiste que nunca más en tu vida ibas a usar el pelo suelto. Al fin, tu mamá te contó que cuando era joven se alisaba el pelo directamente con la plancha de ropa y ahí fuiste vos con tu hermana haciendo de peluquera. La costumbre se terminó el día que tu hermana pensó que la oreja formaba parte del cuero cabelludo.
Todo parecía haberse solucionado cuando la peluquera, coiffer en términos modernos, te dio la primicia acerca de las cremas alisantes. Algo así como una permanente pero al revés. El asunto era el costo de la aplicación. Tu mamá se convenció de que era lo mejor que podía hacer por su hija y desembolsó la pequeña fortuna en los bolsillos de la que próximamente sería su ex – peluquera. El tratamiento no dio resultado durante el tiempo prometido y a los dos meses volviste a los eternos rulos.
Pero no todo podía ser una desgracia. La solución no tardó en llegar. Y así fue. Un genio vidente (desconocemos su nombre) lo había logrado. Al fin y al cabo, en el octavo día, Dios había creado la planchita.
Se trataba de un proceso complejo. Con la primera que te regalaron debías contar con dos o tres horas para lograr el efecto deseado. Por supuesto, apenas asomabas la cabeza al aire libre, el lacio total desaparecía, al mejor estilo carroza de Cenicienta después de las doce de la noche. De las antiguas, tuviste tres o cuatro que ahora forman parte del cementerio de planchitas que se encuentra en tu placard. Todas coincidían en algo, el pelo alisado en peluquería no tenía comparación con el intento que hacíamos en nuestras casas. Es que los peluqueros poseían un estilo de planchita especial, en ese momento inalcanzable para la gente común.
La buena suerte continuó de nuestro lado, un sagaz intuitivo tuvo la brillante idea de ofrecer la profesional al público amateur y así, las poderosas planchitas llegaron a nuestros cabellos. Actualmente, las hay de todo tipo, clase y color. El problema había quedado definitivamente resuelto. Los padecimientos no habían sido en vano.
Y aunque, seguramente no hay quien te gane en experiencia, es recomendable tomar ciertas precauciones y cuidados especiales para no maltratar nuestro cabello y mantenerlo sedoso y brillante.
- Pasar por la peluquería cada dos meses para cortar las puntas florecidas.
- Cepillar primero las puntas y luego, del cuero cabelludo hacia abajo.
- Usar shampoos y acondicionadores nutritivos. Conviene utilizar los indicados para cabellos lacios.
- Realizar tratamientos humectantes con cremas especiales o aceites de oliva o almendras.
- Animarse a hacer un último enjuague con agua fría que estimula la circulación sanguínea del cuero cabelludo.
- Planchar el cabello con el pelo de húmedo a seco. Alisarlo con el pelo mojado implica el riesgo de quemarlo.



